PARA 10° Y 11°
EL CONOCIMIENTO
1.1. El conocimiento como problema
En nuestra vida cotidiana, en el
trabajo, los estudios o la constante interacción social, adquirimos y
utilizamos una inmensa cantidad de conocimientos, tan variados como el universo
mismo: sabemos de qué color es el perro de nuestro vecino y reconocemos el
semblante de la persona que amamos, aprendemos cuántos electrones orbitan en un
átomo de helio o la fecha en que fue fundada nuestra ciudad. El conocimiento se
nos presenta como algo casi natural, que vamos alcanzando con mayor o menor
esfuerzo a lo largo de nuestra vida, que normalmente aceptamos sin discusión,
especialmente cuando lo adquirimos en la escuela o a través de medios escritos
de comunicación. Pero en algunas ocasiones percibimos que las cosas no son tan
simples, que hay afirmaciones discutibles o sencillamente falsas. Encontramos
que, en una conversación cualquiera o en una polémica determinada, hay
aseveraciones que tienen diverso valor, que son más o menos confiables que
otras y que dicho valor depende -en buena medida- del modo en que se ha llegado
hasta ellas. Esto puede ocurrir, por ejemplo, cuando descubrimos que una
persona relata hechos que no ha tenido ocasión de comprobar o cuando
comprendemos que se han sacado inadvertidamente conclusiones erradas, ya sea
por haberse confundido los términos de un problema o por basarse en datos
incompletos, aproximados o directamente equivocados. Si reflexionamos sobre
estos casos, encontraremos que es posible hacerse una pregunta, una pregunta
tal que cambia por completo nuestra actitud ante los conocimientos que tenemos:
¿cómo sabemos esto o aquello?
-podemos inquirir-, ¿en qué nos
basamos para afirmar o para aceptar la afirmación de otros?, ¿cómo sostener que
algo es verdad, si no hemos podido comprobarlo directa y personalmente? Y más
todavía, aun cuando nuestros sentidos parezcan indicarnos claramente una
respuesta, ¿podremos estar seguros de lo que vemos, oímos y sentimos? Porque el
Sol parece girar alrededor de nuestro planeta, y sabemos que eso no es cierto;
la materia presenta un exterior inerte, y sin embargo está cargada de una
tremenda energía, y así podríamos seguir, casi hasta el infinito.
Al llegar a este punto podemos
entonces vislumbrar que existe un problema alrededor de lo que es el conocer,
el saber algo acerca de los objetos que nos rodean o de nosotros mismos. Y este
problema radica fundamentalmente en que los seres humanos utilizan, para
desarrollar su vida y realizar sus actividades, un conjunto amplio de
conocimiento pero, por otra parte, la verdad no se muestra directa y llanamente
a nuestra percepción, debe ser buscada, encontrada por medio de un trabajo
indagatorio sobre los mismos objetos que intentamos conocer. Surge entonces una
primera distinción que es preciso resaltar, particularmente para los estudiantes:
no debemos confundir una afirmación respecto a un hecho o aun objeto, con el
proceso mediante el cual se ha obtenido el conocimiento cuyo resultado es dicha
afirmación. En otras palabras, aquello que dice un profesor o que dice un libro
o un periódico -digamos, por ejemplo, que la economía del país crece a un ritmo
del 4 % anual -es una afirmación que, cierta o falsa, nosotros podemos recordar
y utilizar; es, por tanto, un conocimiento, que recibimos si se quiere de un
modo pasivo, y que incorporan y relacionamos con otros que poseemos de antemano.
Pero resulta evidente que alguien, una o más personas son los responsables de
esa afirmación; alguien, de algún modo, en algún momento, ha estudiado la
economía a la que nos referimos y ha determinado por algún medio que su
crecimiento anual es del 4 % y no del 3 % o del 5 %. ¿Cómo lo ha hecho?, ¿de
qué recursos se ha valido para saberlo? Éste es el punto que nos interesa
destacar. Cuando comenzamos a preocuparnos acerca del modo en que se ha
adquirido un conocimiento, o cuando intentamos encontrar un conocimiento nuevo,
se nos presentan cuestiones de variada índole, muchas de las cuales integran el
campo de estudio de la metodología. Algunos de estos problemas, los más
generales, serán apenas esbozados en las páginas siguientes, por cuanto son el
tema de la epistemología y de la filosofía del conocimiento en general; otros,
más específicos, son los que abordaremos a partir del capítulo 3 de este libro.
1.2. El
conocimiento como proceso
El hombre parece haber estado
siempre preocupado por entender y desentrañar el mundo que lo rodea, por
penetrar en sus conexiones y en sus leyes, por atisbar hacia el futuro, descubriendo
las relaciones y el posible sentido de las cosas que existen a su alrededor. No
podemos aquí discutir por qué ocurre esto, ni resumir tampoco las varias
teorizaciones que existen al respecto. Puede resultar útil, sin embargo,
intentar una breve digresión. Desde que la especie humana empezó a crear
cultura, es decir, a modificar y remodelar el ambiente que la rodeaba para
sobrevivir y desarrollarse, fue necesario también que comprendiera la
naturaleza y las mutaciones de los objetos que constituían su entorno. Tareas que
a nuestros ojos resultan tan simples como edificar una vivienda precaria,
domesticar animales o trabajar la tierra, sólo pudieron ser emprendidas a luz
de infinitas y cuidadosas observaciones de todo tipo; el ciclo de los días; las
noches, el de las estaciones del año, la reproducción de animales y vegetales,
el estudio del clima y de las tierras y el conocimiento elemental de la
geografía fueron, indudablemente, preocupaciones vitales para nuestros remotos antecesores,
por cuanto de esta sabiduría dependía su misma supervivencia.
El conocer, entonces, surgió
indisolublemente ligado a la práctica vital y al trabajo de los hombres, como
un instrumento insustituible en su relación con un medio ambiente que
procuraban poner a su servicio. Pero, según las más antiguas narraciones que
poseemos, el pensamiento de esas lejanas épocas no se circunscribió
exclusivamente al conocimiento instrumental, aplicable directamente al
mejoramiento de las condiciones materiales. Junto con éste apareció
simultáneamente la inquietud por comprender el sentido general del cosmos y
dela vida. La toma de conciencia del hombre frente a su propia muerte originó
una peculiar angustia frente al propio destino, ante a lo desconocido, lo que
no se puede abarcar y entender. De allí surgieron los primeros intentos de
elaborar explicaciones globales de toda la naturaleza y con ello el fundamento,
primero de la magia, de las explicaciones religiosas más tarde, y de los sistemas
filosóficos en un período posterior. Si nos detenemos a estudiar algunos de1os
libros sagrados de la antigüedad, y hasta los mitos de los pueblos ágrafos o
las obras de los primeros filósofos, veremos, en todos los casos, que en ellos
aparecen sintéticamente, pero sin un orden riguroso, tanto razonamientos
lúcidos y profundos como observaciones prácticas y empíricas, sentimientos y
anhelos junto con intuiciones, a veces geniales y otras veces profundamente
desacertadas. Todas estas construcciones del intelecto -donde se vuelcan la
pasión y el sentimiento de quienes las construyeron- pueden verse como parte de
un amplio proceso de adquisición de conocimientos que muestra lo dificultosa
que resulta la aproximación a la verdad: en la historia del pensamiento nunca
ha sucedido que alguien haya de pronto alcanzado la verdad pura y completa sin
antes pasar por el error; muy por el contrario, el análisis de muchos casos nos
daría la prueba de que siempre, de algún modo, se obtienen primero conocimientos
falaces, ilusiones e impresiones engañosas, antes de poder ejercer sobre ellos
la crítica que luego permite elaborar conocimientos más objetivos y
satisfactorios. Lo anterior implica decir que el conocimiento llega a nosotros
como un proceso, no como un acto único donde se pasa de una vez de la
ignorancia a la verdad; y es un proceso no sólo desde el punto de vista
histórico que hemos mencionado hasta aquí, sino también en lo que respecta a
cada caso particular, a cada descubrimiento, teoría o hipótesis que se elabora.
A partir de lo anterior será posible apreciar con más exactitud el propósito de
nuestro libro: presentar una visión de conjunto del proceso mediante el cual se
obtiene el conocimiento científico, es decir, de la investigación científica.
1.3. Diferentes tipos de conocimiento
Hemos hecho alusión, en líneas
anteriores, a sistemas religiosos y filosóficos, al pensamiento mágico y a
otras creaciones culturales del hombre que no se pueden desestimar pese a sus posibles errores, puesto que deben
ser comprendidas como parte de un proceso gradual de afirmación de un saber más
riguroso y confiable. Pero no se trata sólo de distinguir entre los aciertos y
los errores: existe también una diferencia entre el pensamiento racional y las emociones,
las intuiciones y otros elementos no racionales del discurso. Si concebimos al
hombre como un ser complejo, dotado de una capacidad de raciocinio pero también
de una poderosa afectividad, veremos que éste tiene, por lo tanto, muchas
maneras distintas de aproximarse a los objetos de su interés. Ante una cadena
montañosa, por ejemplo, puede dejarse llevar por sus sentimientos y
maravillarse frente la majestuosidad del paisaje, o bien puede tratar de
estudiar su composición mineral y sus relaciones con las zonas vecinas puede
embargarse de una emoción definida que le haga ver en lo que tiene ante sí la
obra de Dios o a un destino especial para sí y el universo, o también puede
detenerse a evaluar sus posibilidades de aprovechamiento material,
contemplándola como un recurso para sus fines.
El producto de cualquiera de
estas actitudes será, en todos los casos, algún tipo de conocimiento. Porque un
buen poema puede decirnos tanto acerca del amor o de la soledad como un
completo estudio psicológico, y una novela puede mostrarnos aspectos de una
cultura, un pueblo o un momento histórico tan bien como el mejor estudio
sociológico. No se trata de desvalorizar, naturalmente, el pensamiento
científico, ni de poner a competir entre sí diversos modos de conocimiento.
Precisamente lo que queremos destacar es lo contrario: que hay diversas
aproximaciones igualmente legítimas hacia un mismo objeto, y que lo que dice el
poema no es toda la verdad, pero es algo que no puede decir la psicología
porque se trata de una percepción de naturaleza diferente, que se refiere a lo
que podemos conocer por el sentimiento ola emoción, no por medio de la razón. Lo
anterior tiene por objeto demostrar que el conocimiento científico es uno de
los modos posibles del conocimiento quizás el más útil o el más desarrollado,
pero no por eso el único, o el único capaz de proporcionarnos respuestas para
nuestros interrogantes y es importante, a nuestro juicio, distinguir
nítidamente entre estas diversas aproximaciones para procurar que ningún tipo
de conocimiento pueda considerarse como el único legítimo y para evitar que un vano
afán de totalidad haga de la ciencia una oscura mezcla de deseos y de
afirmaciones racionales. Porque, cuando el campo del razonamiento es invadido
por la pasión o la emoción, éste se debilita, lo mismo que le sucede a la
intuición religiosa o estética cuando pretende asumir un valor de saber
racional que no puede, por su misma definición, llegar a poseer. Por este
motivo es que resulta necesario precisar con alguna claridad -aun cuando lo
haremos someramente- las principales características de ese tipo de pensar e
indagar que se designa como científico.
“El proceso de
investigación”, Carlos A. Sabino
ACTIVIDAD: Para realizar en el cuaderno
1. Extraiga
diez (10) ideas principales del texto.
2. Realice
un cuadro sinóptico de todo el documento.
3. Responda:
¿Qué diferencias pueden establecerse entre el conocimiento científico y otros
tipos de conocimiento?
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